
En un mundo atravesado por transformaciones aceleradas y crisis múltiples, la forma en que pensamos y abordamos los problemas se vuelve tan importante como las soluciones que intentamos construir. Especialmente frente a desafíos complejos, como es el caso de los problemas ambientales, resulta clave preguntarnos qué tipo de herramientas cognitivas utilizamos, qué modelos de pensamiento privilegiamos y cuáles dejamos de lado.
Los desafíos que están relacionados con contextos estables, variables bien definidas y condiciones que no cambian de forma significativa pueden resolverse de manera algorítmica, es decir, mediante un conjunto claro y ordenado de reglas y procedimientos. Estos, si se aplican correctamente, conducen a un resultado previsible. El ejemplo más claro son las recetas de cocina en las que, si se siguen los pasos, el resultado suele repetirse.
Sin embargo, existen problemas que se caracterizan por su complejidad y alto nivel de incertidumbre. Para ello, el enfoque heurístico puede ayudar a encontrar soluciones más efectivas. La palabra heurística proviene del griego heurískein, que significa “hallar” o “inventar”, y está asociada al célebre eureka. Remite a la disciplina, el arte y la ciencia del descubrimiento: avanzar por tanteos, probar hipótesis, equivocarse, corregir y volver a intentar.
Los desafíos ambientales suelen ubicarse en este segundo grupo. Son problemas complejos, dinámicos y atravesados por múltiples dimensiones -sociales, económicas, culturales, políticas y ecológicas- que interactúan entre sí. Y, por esto mismo, no existe una receta universal que pueda aplicarse a todos los casos. Cada territorio, cada comunidad y cada ecosistema presenta particularidades propias. Lo que funciona en un contexto puede fracasar en otro.
Frente a este escenario, resulta insuficiente pensar únicamente en términos de procesos lineales de causa y efecto. Por el contrario, necesitamos desarrollar un pensamiento en red, capaz de sostener muchos elementos simultáneamente y comprender las relaciones, interdependencias y retroalimentaciones que los conectan. Pensar en red implica aceptar la incertidumbre, la no linealidad y la posibilidad de resultados inesperados.
En consecuencia, desarrollar técnicas para estimular la creatividad se vuelve una herramienta clave. Aumentar la cantidad de ideas, saberes, experiencias y miradas y, al mismo tiempo, aumentar el número y la diversidad de conexiones entre ellos, amplía el campo de lo posible. Esto no garantiza soluciones definitivas, pero sí favorece la aparición de enfoques más ricos, sensibles y adaptativos, capaces de ofrecer mejores respuestas o, al menos, nuevas formas de abordar problemas que no admiten respuestas simples.
Desde Banquete Creativo, acompañamos a organizaciones en el pasaje del pensamiento lineal a enfoques más heurísticos y en red.

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