Cuando pensamos en creatividad, muchas veces la asociamos con artistas, inventores o esas ideas brillantes que parecen llegar de un instante a otro. Pero la creatividad es mucho más sencilla que eso. Está en la manera en que miramos lo cotidiano, en el permiso que nos damos para hacer las cosas de forma diferente o en la posibilidad de cambiar la perspectiva cuando algo se vuelve rígido o repetitivo.

Ser creativos es sentir que tenemos herramientas internas para enfrentar lo inesperado. Es decir “¿y si…?” en lugar de “no se puede”. Es abrir pequeñas grietas en las rutinas para que entre aire nuevo. Es encontrar una salida cuando todo indica que no la hay. Es resiliencia con curiosidad.

En el trabajo, la creatividad opera como una fuerza silenciosa que lo transforma todo. Una organización creativa es una organización que no se paraliza ante la incertidumbre. Que se atreve a probar, a fallar rápido, a aprender. Que entiende que una idea puede surgir en cualquier mesa, y no solo en los sectores que tienen “innovación” en su título. Cuando hay espacio para la imaginación, los equipos se escuchan mejor, se cuidan más y encuentran caminos que antes no estaban en el mapa.

Lo importante es entender que la creatividad no es un talento reservado para unos pocos. Es una práctica. Crece cuando le dedicamos tiempo, cuando nos rodeamos de experiencias que nos estimulan, cuando nos permitimos jugar, colaborar, salir de lo obvio. Crear es darle existencia a lo que aún no existe.

Podemos decirlo así: la creatividad amplía nuestros futuros posibles. Y cuando una organización la cultiva, no solo resuelve mejor sus problemas: se vuelve un lugar más humano, más ágil, más vivo.

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